Detrás de cada cara nueva con un whisky sin hielo hay una historia. Yo sólo los sirvo. Ellos brindan por su pasado, sorbo a sorbo, y cuando la pena les pesa menos se marchan para no volver.
Recuerdo a aquel hombre. Él no era un polvoriento baúl de historias que guardar. Era joven a pesar de su barba y pelo descuidado. Era atractivo a pesar de su olor a tabaco y a humedad. Cualquier mujer se le habría presentado con carnales intenciones de una noche para olvidar si no fuese por que en silencio e invisible arrastraba como un fantasma las cadenas de la soledad.
Vino durante un par de semanas. Sentado siempre en el mismo taburete apoyado en el mismo lugar. Cada noche, a eso de las doce llegaba, y parco en palabras sólo pedía y repetía. Él y el whisky, el whisky y él. Nunca miraba a los lados, nunca parecía mirar en realidad. Inmerso en un tiempo que no era el suyo miraba aquel presente desde esos ojos tan vidriosos como el vaso de cristal al que se aferraba.
Le gustaba Jhonny Cash. Lo supe por azar. Al cuarto día sonaba Hurt en la radio y él cerró los ojos un instante. Juraría que algo dentro se le rompió. Dirigió una mirada al aparato y su mirada se humedeció. A la semana más o menos, cosas del azar, la canción volvió a sonar en la emisora, y una vez más apuró su copa y pidió otra.
Cuentan que viene del norte y que un día albergaba vida en su rostro. Que soñaba con casarse y tener hijos. Cuentan que amó tanto que cuando ella lo dejó se lo llevó también a él. Pero esas son historias de bar, lenguas de terceros, palabras de aquellos que un día lo vieron sonreir y ser feliz.
A las dos semanas le esperaba desde el otro lado de la barra, pero nunca apareció. Algo me dice que no volverá, que vive viajando encontrando un hogar, aunque viaja en el hogar de un pasado que no volverá.
Las luces de la ciudad poco a poco se hacen paso entre la noche. Las farolas, los carteles, las viviendas, las estrellas. El cielo negro. El aire frío. El invierno. La oscuridad.
Te siento desde lejos, sé que ya caminas lento, hacia mi encuentro.
Lleno la taza con té, abrazo la cerámica con los bordes de las mangas del pijama. Dejo que el vaho acaricie mi cara, sudándome la piel, regalándome su olor.
Me hago sitio entre la cama. Recupero la última página leída del libro de la semana. Enciendo un cigarrillo y apago mi realidad para entregarme a la ficción narrativa.
Sin embargo, poco a poco, llegas.
Una hora y media miro por la ventana. Es noche cerrada. El corazón se me acelera y las sábanas se me antojan melancólicas, filtrándose en mi piel, como tú lo hacías. Intento volver a esfumarme de mi habitación leyendo un poco más, apelando a la suerte de quedarme dormido sin tener que estar tú y yo a solas en la oscuridad.
Nada sirve, nada es suficiente.
Da igual que sea un libro, una película, una serie o la hebriedad del fin de semana.
Siempre llegas, siempre me tocas y siempre me haces daño.
Entonces todo empieza. Imagino tu rostro; el calor en mi pecho, pienso en dónde y con quien estarás; el nudo en el estómago, retumban viejas frases en mi cabeza; y un mar de tristeza asola la orilla de mi débil fortaleza.
Los recuerdos me toman de la mano y me llevan a cada beso, a cada promesa. Y siempre me besas, siempre repites que siempre me querrás, y yo, ineficiente, grito e intento escapar. Duele. Dueles en cada centímetro de mi alma, de mi anatomía, anidas en mi pecho y por más que me esfuerzo la mente siempre pierde en el intento de destronarte.
Te odio. Te odio por que una parte de mi te sigue queriendo. Y no lo entiendo. Así que me odio a mi también, odiándolo todo, odiándonos a ambos, a lo que fuimos, a la incongruencia de lo que soy.
¿Por qué tuviste que volver? ¿Por qué volviste y me cogiste la mano? Confiaba en ti, confiaba en ti. Eras la única persona que nunca me ibas a hacer daño, me lo prometiste, volviste, me lo pediste, me besaste, me lo prometiste.
Y ahora solo queda eso, daño, daño de lo que fuimos, daño de lo que hiciste, daño de lo que queda, sólo yo, en mi vida, en cada noche, despierto o ya en sueños. Vivo o muerto mi mente siempre te encuentra.
Quiero regalarle mi sexo a alguien. Por venganza, por despecho, por falta de autoaprecio. Te metiste en mi cuerpo, me hiciste colarme dentro de ti. Maldita seas, ya ni me siento mío, me siento de nadie, del viento, del recuerdo.
Cuando abro los ojos, cada mañana, tengo la plena sensación de que, como un fantasma, has vuelto a mi lado, mentiroso, de nuevo dentro de mí. Te has vuelto a colar sin mi permiso, violándome el alma. Y la luz de la mesilla que permaneció encendida... no pudo hacer nada.
Cuando te vas haciendo mayor aprendes a mentir. Podemos negarlo, pero con el tiempo... la verdad se vuelve innegable.
Mentir es necesario.
Entenderlo es fácil: Si te cruzases con una persona que te rompió el corazón hace una semana y esta te preguntase - "¿Qué tal te va todo?" - sólo habría una única respuesta posible: "Yo estoy genial ¿Y tú? ".
Da igual lo que sientas, da igual lo que lleves por dentro. Le arracanrías la cabeza, pero en vez de eso sonríes e intentas mantener la compostura.
Mentir es necesario. De no hacerlo seríamos un cristal llano y transparente, un escaparate permanente de nuestros sentimientos. Un blanco fácil para los demás.
Somos personas, tenemos sentimientos. Todos, uno por uno... sufrimos... caemos... lloramos. No hay opción en ello, no es algo que puedas elegir no hacer. Sentir, para bien o para mal, forma parte de nuestra condición humana. Es lo que nos mantiene calientes, con vida, con luz.
Sentir o no sentir no está en nuestra mano. Ocultarlo, sí.